Amor violento

Cuando vió de reojo las balizas, entendió que había sido grave. Que estaba acurrucada en una pared, mientras su amigo intentaba calmarle. Él había llegado en unos 15 minutos, luego de su llamada ahogada y desesperada, todo transpirado, cuando había saltado de la casa de sus padres a la bici y había ido a la esquina que le indicó. Cuando llegaron los carabineros, recién pudo entender lo que había pasado y les explicó que estaba bien (?), que no quería hacer denuncias, que sólo quería irse a su casa. Un hombre, que recientemente le besaba el cuello, la había golpeado, dejándola atónita, en el suelo, en plena madrugada.

Cuando miró en el calendario, vió que había pasado exactamente un año desde esa vez, en que él se había quedado por primera vez en su cama. Que mientras él se vestía, en la claridad de un día que entraba por la ventana vista norte, ella le preguntaba por qué esto seguía pasando-sobre todo sabiendo como ella lo quería-mientras él le decía que era por alguna razón, de esas, sin importancia. Que ella ni todos sus sentimientos, ella ni todo ese año, le importaban en lo más absoluto.

Cuando esa noche ella descubrió que él estaba con otra, sucedió. De madrugada, ellos le dijeron todo lo que le podían hacer. Como la podían violar, como la podían descuartizar, como meterían objetos por su ano y como ella sentiría cada una de sus embestidas en su cuerpo. Ellos le dijeron que volverían, le gritaron que volverían, le gritaron que era una maraca culiá y que se merecía todo eso. Ellos le absorvieron la valentía, nunca más volvió a sentirse segura.

Cuando un día ella le dijo que la dejara en paz, que no la llamara, que no le escribiera, que no respondiera sus preguntas en foros, que por favor, tuviera respeto por esa que llevaba de la mano. Él no encontró nada mejor, que decirle que era un “típico comentario de mina”. No encontró nada mejor, que hablar con sus jefes y amigos para pornovengarse.

Cuando la atacaron, lo único que atinó fue a escribirle, rogándole el ángulo entre su pecho y su ala, todo lo que necesitaba para tranquilizarse. Le respondió y la siguiente vez le exigió que nunca más lo hiciera. “Por favor, si vas a contar con alguien, que no sea conmigo”. No pude evitar quedar inmovilizada de tristeza el resto de la semana.

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A mí me duele más el anarko machismo

machismo

A mí me duele más el anarko machismo, que vocifera sobre la mujer y a la hora de los quiubos te somete y te minimiza como a una cosa. A mí me duele y me molesta el jipi que te habla de la tierra, de la luna, de la causa, pero que te escucha en piloto automático, porque en el fondo le parece que nada de lo que puedas decir, tiene tanto peso. Cuando la justificación es “típico de mina” “ser mina” “debe andar con la regla” “Así son las minas” y toda esa sarta de comentarios en base a descalificar solapadamente, peor que escuchar a un defensor del Hiyab. Juegan a que te respetan, porque te dejan hablar, pero nadie habló de escuchar.

Me revienta que miremos con desdén las realidades de otros países, cuando en el nuestro, en nuestros circuitos, el machismo está naturalizado en cada acto por pequeño e insulso que sea. La propiedad de la mujer como si fuera una cosa, la diferencia a la hora de manifestar deseos, formas, aspiraciones.

Me molesta más que el susurro de un viejo verde en la calle, la minimización por parte de mis amigos a sus parejas, ex parejas y mi persona, los comentarios de mis cercanos, los enojos por parte de nuestros compañeros por la libertad de pensamiento, por la libertad de elegir, por aspirar a un respeto mínimo; me enturbia la mirada la sensación que a pesar de vender una postura pro-feminismo, la mujer debe seguir, por muy jipi que la vendan, un patrón de belleza impuesta igual, debe someterse a ser “la acompañante de” y alejarse de ese status puede traer consecuencias siniestras manipuladas en torno a una venganza silenciosa en los ámbitos laborales, de poder, de acceso a instancias en común o afines ; a que por sus afectos y vida sexual sea considerada desde el saludo o el trato a la hora de un trabajo o desde como será su trato de respeto, que debiera habérselo ganado por el puro hecho de ser persona, sin su género como diferenciador.

Me duele verte involucrado en la causa altruísta, verte hablando del capitalismo y haciendo el speach completo del panfleto contestatario, exceptuando en lo cotidiano, porque ahí, capitalizas tu mínimo poder. Lo utilizas porque sabes que hay un mundo y una historia completa de tu lado.

Me da rabia cuando se nos sale la heteronorma y algo que parece masculino nos parece más serio, más creíble, más válido. Cuando lo femenino lo asociamos a tonto, a infantil, a ridículo.

Estoy choreada de su forma de tratarnos, haciendonos creer que el machismo es de otros, cuando en verdad, piensan lo mismo y nos dicen que bueno para que no aleguemos tanto.

¡Jamás voy a entender la diferencia que nos dicen todo el rato que existe! ¡No me interesa quedarme en el lugar de las mujeres que aceptaron para no hacerse atados! ¡Me cago en su machismo con olor a caño, chela de litro y yoga! ¡Me cago en su machismo de melón con vino! ¡Me re cago en su machismo barato!

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Actualización:

Acá un vídeo sobre el mismo tema, soplado por Deb 🙂