Tomar once

Nota al margen: He decidido hacer una serie llamada Cosas mamonas que me hacen sonreir. Guarda relación con algunas conversaciones antiguas, como cuando hablé sobre la Ternura en las personas adultas , sobre amar libremente sin enrollarse o incluso, sobre mi teoría odiosa de las amistades machistas . No me quiero descartar de mis propias mamonerías ( en chileno es como cosas demasiado tiernas, cayendo en ser melosas) disfrazadas de coqueteos, sino quiero poner en su lugar, hermoso, cercano y no siempre con otras intenciones, de situaciones simples que me encantan. Bueno, piensen la hueá que quieran en verdad.

La once, una comida que se practica en Chile entre el almuerzo y la cena, es una suerte de merienda contundente, un extensión de la cena o simplemente, que en Chile tenemos otra comida más, porque nos gusta comer no más.

Nació en teoría de un juego de palabras entre los hombres que iban a tomar “la once” que significaba las 11 letras que había en “Aguardiente”, destilado que consumían al salir de los trabajos y que comentaban en clave para no ser descubiertos. Pero a cualquier persona de este territorio, el tomar once a primera, significa tomar té, café, mucho pan ( ojalá marraquetas o pan batido) y distintos aderezos como huevo, palta, mermelada, queso, jamón, tomate o un sinfín de agregados más.

Cuando estoy fuera de Chile, echo de menos (saudade, nostalgia, añoranzas)  tomar once. Pero no es tanto por esta comida en sí misma (bueno, la palta y las marraquetas las echo de menos todo el tiempo), sino por lo que significa en mi corazón y probablemente en el corazón de la gente tomar once: se toma once con los abuelos, con los papás, con los amigos, con las parejas, con la gente que se quiere. No se toma once con los compañeros de trabajo por ejemplo: tal vez se puede tomar café o té, pero once, así como once, no.

A mí me gusta tomar once, porque me gusta tomar té, me gusta tomar (buen) café, porque me gusta conversar y comer. Me gusta la intimidad que se genera en esos lugares donde el día que yo llegue, tomamos once. Hay casas en la periferia de Santiago, donde viví hasta los 22 (La Pintana,La Granja o la Florida) o en el Barrio Yungay, donde aunque no hayamos hablado en 6 meses o no nos hemos visitado en un año, es evidente que tomaremos once y nos reiremos y compartiremos, iremos a comprar pan, pondremos el hervidor o la tetera, moleremos la palta y nos contaremos todo lo que ha pasado ese tiempo. A veces, no tengo más que un par de horas antes de ir al médico o de ir a una reunión importante; antes que baje el sol y continúe mi pedaleo. O al contrario: invitar a alguien a tomar once, debe ser como un gesto increíblemente humano, cercano, a una velocidad distinta a tomarse una cerveza que me la puedo tomar con cualquiera o almorzar: una once puede durar una hora o una tarde completa. Tiene un ritmo, un notorio gesto de buena onda y cercanía. Siempre es hermoso tomar once en una casa que te invitaron o invitar.

 Me basta con ese par de horas, para sentir tanto amor, tanta alegría, tanta sensación de casa en mi corazón, que puede ser que no me importe pedalear 36 kilómetros, viajar en varios transportes, pedalear bajo el viento frío, desviarme de mi camino o “gastar” dinero o tiempo en sólo tener ese par de horas. Con una vida tan apurada, tan rápida, tan llena de menciones por redes sociales ¿Cómo no va a ser rico un par de horas de comer y conversar con alguien cueste lo que cueste?

Y puede ser que la idea de vernos un par de horas te parezca absurdo en relación al esfuerzo relacionado a ello. A mí me parece mágico, necesario, urgente si me caes bien. Me va a romper el corazón que no suceda, por una sucesión de evasivas/cambios de planes/desagendamientos, por un no dicho tangencialmente, o que salgas corriendo porque *situación rarita* .Para mí siempre será “Oye me caes tan bien que hasta te invité/me invitaste a tomar once!!!”.

Ojalá que nunca se acabe esa costumbre. Ojalá que nunca dejemos de tomar once.

El café de Julio

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Cuando llevaba poco tiempo con el programa de radio, en los tiempos del fotolog, recibí una convocatoria para un concurso de cuentos de Asado De Costilla. El premio era un café en el Café Converseria Don Julio , donde el mismo Julio , el dueño, te servía un café. Me llamó la atención por qué. De curiosa, busqué la dirección y me fui a dar una vuelta.
No me acuerdo de esa primera vez, menos de esa primera conversación, pero el lugar me voló la cabeza, al igual que el café. Las personas que iban ahí, las historias que se contaban y como yo, inmiscuída en el mundo de internet y las horas, podía perder (o ganar) la noción del tiempo. ¿5 minutos? ¿Todo un día? ¿Semanas?

Durante unos 10 años, volví tantas veces como no recuerdo. Conversé con políticos, filósofos, trapecistas, actores, rectores de universidades, estudiantes, luchadores sociales, periodistas, arquitectos. Con gente que con el tiempo supe qué hacían, porque en general, no tengo idea qué hace ni en qué universidad estudió o si estudió o no, pero sí sé como mira cuando relata algo que ama: efecto ojitos brillantes tipo Candy mirando a Terry o a Anthony. Sí sé, la cara que pone cuando lo agobia un problema terrible y urgente y se está cayendo y antes de caer fue a salvarse en un rato de conversación o cuando va a mostrar por última vez su tesis, su guagua nueva, su nuevo amor, su nuevo proyecto. Conversar, un ejercicio tan pero tan mágico, tan análogo, tan profundo.

Una de las últimas veces que fui, alguien dijo que después de Roberto-parte absoluta del inventario visual-yo era una de las personas más de ahí ¡wow, manso piropo! Ahí han salido parte de mis mejores ideas, parte de mis textos más queridos. Simplemente me he sentado ahí a que pase el tiempo cuando tirito de miedo o cuando algo increíblemente hermoso me sucede. Afuera malabareé con fuego, toqué gaitas, llevé a cada una de las personas más queridas a presentarlas y por supuesto, ahí conversé tanto, tanto, tanto, con la excusa de tomar un café y fumarme un pucho.

Sé que mi tema TT de hoy, el dolor de guata, se me pasaría en lo más inmediato que lo que quisiera, como también en esa sensación de llegar, a cualquier hora, desde cualquier lugar, en el estado que esté, a sólo decir “Un café, una empanada y un vaso de agua, por favor, por mientras, voy a fumarme un pucho afuera”, mientras discuto algún existencialismo de un personaje asesino de las notas de Roberto, o a escuchar al Shiappa tocar una melodía que nunca termino de entender o a dar una vuelta, o a contarle a Julio y a la Ana una nueva idea descabellada, mientras llega alguien más y cuenta o escucha, alternadamente, otra conversación pelacables.

Gracias por cada una de las personas que nos encontramos en ese gesto sencillo e iluminado de conversar sin títulos, sin convencionalismos baratos, sin tiempo, por el puro gusto. Gracias por haber hecho de ese lugar un refugio contra todos los demonios y todas las maravillosidades. Hoy, los eché tanto de menos, tanto o más que ese café y la borra en el fondo y sus efectos inmediatos y trágicos para con los dolores o para aterrizar luego de un momento intenso. Gracias.