Crisis

Hace más de un año, que estoy en crisis. Tal vez un poco más, pero hace un año es súper notorio.

Y no es que no me hayan pasado cosas difíciles antes (como accidentes, pérdidas, quiebres y un sin fin de desgracias y peripecias tristes y fatídicas), sino que nunca había tenido falta de ganas de levantarme, que mi cuerpo no responda a mi motivación eterna por hacer cosas. Pasó que me volví profundamente triste y nada me motivaba.

He cancelado reuniones (una de las cosas que más odio en la vida y que me tengo que estar muriendo para hacerlo), he pasado semanas llorando, he tenido unas ganas incontrolables de morir, desaparecer, no existir más. He tenido pánico de esas ganas, he pedido ayuda desesperada a mis cercan@s, porque sé que cuando tengo ganas de hacer algo lo hago y pareciera que dentro de mí habían demasiadas ganas de desaparecer. Me he pasado días y semanas incluso sin salir de la puerta de nuestra mini casa y he dormido días y días. Mi cuerpo, no me daba. Pareciera que me arrastraba para si quiera ir al baño. Me ha costado hacer las cosas que más me gustan, como escribir, bailar, ir a escuchar música o juntarme con amig@s.

Analizando, puede que todo esto lo hayan provocado los cambios:

Volví luego de 3 viajes casi al hilo, un año y medio de idas y vueltas donde me deshice de mis cosas, de mi misma y me fui a viajar y no todo fue maravilloso. Puede ser que los quiebres con todo lo que era, con todo lo que hacía y con todos mis círculos más cercanos se hicieran más patentes al volver. Puede ser que ir y volver me hizo aprender mucho de mi misma y me dió tristeza encontrarme con lo que era, con lo que permití. Puede ser que me agarró la crisis de los 30, en medio de la capital neoliberal de Santiago de Chile, donde la gente a esta edad tiene la vida resuelta y todo tan armado, justo cuando yo me rehago una y otra vez. Pareciera que si no tengo una tele grande, un par de hijos y ojalá una separación a cuestas, no soy nadie y nunca voy a entender nada. O que toda la primavera feminista, abrió tremendas heridas que una nunca había querido ver, doler y sanar.

O será que la precariedad con la que he sobrevivido estos años se me hace insostenible y la angustia de ¿Qué voy a hacer ahora? me agarró de la garganta sin dejarme respirar. Será que se evidenció abiertamente como algunas personas acostumbraban a tratarme y como ahora no me era válido, ni razonable ni respetuoso. Será que a lo mejor yo misma, en mi trauma de “hay que salir de la mierda” me esforcé tanto, que no me preocupé de cuidarme lo suficiente interiormente. Será que todo lo del accidente me cansó tanto.

O será que a lo mejor, nada lo provocó en particular y simplemente, sucede. No lo sé.

Depresión

La depresión suele ser un tabú, en una sociedad donde no nos saludamos si quiera, si es que  saludar le podemos decir a ese “Holacómoestásbienytúbiengracias” : como la mecánica al encontrarse con alguien sin ir más allá. ¿Me interesa cómo está realmente mi interlocutor? ¿Y sí en verdad no está bien ni agradece que le preguntes con ese vacío que suele tener esa frase?

Tuve que casi rogar una hora en el consultorio y poder entrar al programa de Salud Mental, donde entre médico y sicóloga, me ayudan con recetarme medicamentos, controlarme y darme algunas pautas. Insuficiente tal vez, claramente ( con suerte la sicóloga me ve una vez al mes y si no hay hora pasan 2 meses) y he seguido el tratamiento porque tengo ganas de mejorarme.

Estoy segura que la depresión es una enfermedad y que como tal hay que tratarla. Sin ayuda, esta jamás pasaría. Me ha costado más que volver a caminar, más que quedar sin casa, más que pérdidas familiares, más que arrancar de la violencia, porque además es una hueá impopular: tremendamente solitaria, es un tema que se esconde o simplemente no se habla o se miente (bien, gracias) la gente que le confías “el secreto” suele ocurrírsele una serie de frases pre hechas y dan ganas de haberte enterrado antes de contarles o derechamente se aleja. La gente que conoce tu energía chispeante, a veces te comenta sin tacto que ahora no eres como antes o que no es tan cómodo hablar de ciertas cosas. Es mucho más fácil ir por unas chelas (que por lo demás, casi no estoy tomando), que decir “puedes venir, podemos juntarnos por favor, necesito conversar”.

Es lo que más me ha costado en la vida y todos los días del último año he luchado para no irme a la chucha. Un día a la vez. Todos los putos días.

Llevo unos 6 meses de medicación y controles, luego de probablemente lo más fuerte que me ha pasado en la vida: perder las ganas de todo. Estoy saliendo luego de estar realmente enferma, donde no sólo mi vida ha corrido peligro sino todo mi universo y he sentido que cada mini logro ha sido un esfuerzo sobre humano.

No tengo una receta de como se hacen las cosas, pero creo que vivirlo en pleno, preparar ciertas rutinas, esforzarme por salir, por hacer cosas aunque no tenga ganas, buscar y urgar en esas penas, encontrar nuevas alegrías; refugiarme en la escasa gente con la que me siento cómoda y a salvo, me ha servido para mejorarme. Ya estoy retomando proyectos, dándole un nuevo giro a cosas nuevas que me gustan ahora, planteándome nuevos objetivos. Cuidándome de más, para enfrentar el invierno.

Estoy aún en tránsito a servicio. Por favor, no apure.

PD: Ah, y si te sientes igual, acá hay una oreja/ojos 🙂

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Un comentario en “Crisis

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