Abril

El 16 de abril de 1999, a las 8 de la mañana, una adolescente de 14 años entraba a pabellón del Hospital Luis Calvo Mackenna por largas 7 horas. Luego, estuvo en la UTI pediátrica, con 7 agujas en la mano izquierda y 5 en la derecha, que llevaban a más de una decena de mangueras, donde era difícil llegar a darle un beso. Bajo su cama, 2 tambores, uno del drenaje y otro del pipí, todo muy sexy.

El diagnóstico era una escoliosis dorsal grave, con más de 60 grados de desviación, lo que estaba ad portas de una cuadraplejia y la lesión ya hacía perder fuerza en miembros superiores. Para eso, se le instalaron un par de barras, una chorrera de pernos y ganchos, que enderezarían esa columna, además de cortar algunas costillas que los últimos años se habían acomodado a la joroba que crecía por minuto. Al enderezar la columna, ellas también debían tomar una nueva posición.

Hace 20 años, una adolescente entraba al quirófano 7 horas. En la UTI, al despertar, recordaba las películas donde pedían que le mojaran los labios tipo “Jesús de Nazareth” y tomaba una actitud extraña cuando estaba en volá de morfina y tramadol . Escuchaba los niños que morían a sus lados y gritaban toda la noche por sus mamás. Estaba feliz con 15 cm más de altura, ojalá el niño que le gustaba la viera de otra manera. Nunca más ropa ancha.

Hace 20 años tenía 58 de cintura, gracias al corset post operatorio. Hace 20 años, esa adolescente bailaba hasta que moría de cansancio, porque ahora podía hacerlo sin sentir vergüenza de sí misma. Hace unos 19 años con 6 meses, usaba los primeros sostenes de verdad, pues le habían aparecido los pechos que en su cabeza, 20 años después, todavía no tiene.

Hace 20 años abril me recuerda que podría estar cuadrapléjica, pero no estoy. Me recuerda que para estas fechas siempre vuelvo o voy y los últimos 10 años he estado poco en Chile para esta época: Buenos Aires, Medellín, Lima, México y aunque no ha sido a propósito, ha sido genial para que no sea tan intenso y este año también me tocará viajando entre Perú y Ecuador. Me recuerda que estoy viva. Me recuerda que con los cambios de presión atmosférica el metal se contrae y conchetumare. Ay, abril.

Hace unos días, se refirieron a mí como la persona “que tiene la espalda pal dick” y por primera vez en tal vez más de 20 años, la sensación que alguien cercano se refiera a mi cuerpo de esa manera no me molestó, sino que me dolió, fue como que se me rompió el corazón. Fue como la vez que otro que me gustaba, se refería a mis pechos, separados de mi cuerpo, descontextualizando el momento y en vez de gustarme, me chocó, me asquió, me quebró. O todos los comentarios sobre mi cuerpo al abandonar la talla 38. Todos me dolieron, ninguno fue agradable, ninguno resultó empático.

Si se refieren a mí así conmigo ¿Cómo se refieren a mis espaldas? ¿Nunca dejé de ser la jorobada, o la guatona o la que tiene el cuerpo así o así, acaso? ¿Ni si quiera para la gente que quiero? Llevo una cruzada, por no referirme o referenciar a las personas por su apariencia física. Siento que siempre lleva a lugares oscuros, donde uno no sabe qué ni como puede impactar en la vida de alguien, qué tan sensible al tema. Muy grande, muy chic@, muy gord@, muy flac@, muy pálid@. ¿Salud? ¿Algo que no pueden cambiar? ¿Algo por lo que sufren? ¿Algo que los aniquila?

Aunque en algunas fotos ( casi en todas mis fotos favoritas, sobre todo de viajes) muestro mi espalda, la verdad es que es las únicas ocasiones que la recuerdo, junto a los cambios bruscos de temperatura ( o de presión atmosférica). No me la veo siempre, siento que no me define, me gusta verla bien, la encuentro hasta bonita y la larga cicatriz tiene una serie de historias sexy que no voy a contar aquí, pero que sí me definen mucho más que una carga negativa de lo mismo. Es mi cuerpo, el que ha sufrido como muchas cosas y lo quiero. Así como me alegro por la nueva ley de acoso callejero, me da mucha pena que ciertas prácticas, se mantengan en nuestros círculos cercanos. Porque si esto me lo dices en la calle o alguien que no conozco, puedo reaccionar, puedo gritar, putear. Si me lo dice alguien cercano, a quien le he dejado entrar a mi mundo, chucha, me siento desprotegida de armas.

Este año se cumplen 20 años de mi operación a la columna, la cual fue grande, importante y vital en mi salud y que hoy pasa a ser parte del anecdotario. 3 o 4 veces por año me jode y me doy cabezazos contra las paredes, pero es a penas un detalle dentro del universo de complicaciones que le traería a mi vida no haberla tenido.

El desatino, la torpeza o la nula empatía del comentario, puede llegar a ser un botón de un montón de cosas profundísimas y un remezón en varios aspectos

¿Acaso 20 años después tengo tan resuelto los temas emocionales asociados a mi operación de la columna y como me referencio respecto al resto? ¿Acaso tengo 10 años de retraso mental y emocional, con una adolescencia tardía que arrastra un montón de temas más? ¿Qué me hace mantener en órbita a personas así? ¿Estoy demasiado adolorida en general y cualquier ápice de descuido me puede destruir? ¿Cómo es que sobrellevando un montón de temazos en los que me siento fuerte y capaz, hay otros que me siento como una niña asustada llorando en la cuneta sin consuelo?

A lo mejor está bien que me duela tanto y lo exprese, lo saque y lo mastique: a lo mejor empieza una época, de otros 20 años, donde quiero relacionarme, desde otro lugar, aunque sea un trabajo grande pues no me es familiar: desde la mutua empatía, desde el mutuo amor, desde el mutuo respeto, cariño y detalle. Desde la confrontación y la expresión tanto de daño como de amor, sin asustes o salires corriendo o sin silencios incómodos. En una de esas así, hago que el tiempo pase como debe pasar y siento cosas más intensas, como las que siento últimamente.

Abril, resignifícate, resignifícame.

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