La Guerra

Capítulo Uno.
Vienen, se sientan. Los hombres de pie junto al mesón,desabrochan su pantalón y sacan su pene instalándolo justo a la altura. Se lo miden entre ellos, analizan texturas, colores, anchos, prepucios. Las escasas mujeres que hay, desprenden su sostén e instalan sus tetas para ver, cuál de ellas tiene las más grandes, las más tersas, las más elevadas.

Capítulo Dos

El señor Barriga, que hoy tiene 77 tentáculos, hunde su cabeza en una tina con agua turbia. Se ahoga, vomita en ella, sin embargo, vuelve a meter su cabeza una y otra vez. Alrededor, todos y todas dejan sus mediciones a minutos, para aplaudir tal gesto de estupidez. Del otro lado del salón, un loro grita, que tal inmolación es absurda. Lo que no sabe el loro es tres premisas muy importantes:  el precio en dólares no declarados de tal inmolación, que todos los de esa reunión han hecho altísimas apuestas en sus próximos oficios y que la cabeza del señor Barriga es aún más oscura que el agua de tal tina.

Capítulo Tres

Cuál capítulo de película de terror, unos contra otros apuñalándose, en cuánto cualquiera se da la espalda. Pero cuando aparecen las luces, todos en posición firme, para sacarse una selfie pal Instagram, titulada “Aquí, felices, con los mejores”, mientras los filtros Raice y Gingham, no dejan que se note la cantidad de sangre que corre de hígados, pulmones y corazones.

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