El día de mi muerte

El día en que me morí, se me pusieron rojos los labios. El día que los estertores me llevaron pal callao, me sentí luminosa y todos los sonidos de afroamérica me sonaron en los hombros y debajito del ombligo.

Cuando me morí, el día en que todo sucedió, se me olvidaron las veces que no quise cantar y se me rompió la puerta que tenía en la garganta, mientras me iba sacando las astillas por entre las uñas recién pintadas. Se me acomodó la voz en un gesto tierno y coqueto y se quedó, sin preguntarme permisos lateros, la muy barza, entre el anillo de más arriba de la traquea y el corazón, que lo tenía abierto con unos perritos de madera.

El día que me morí, fuiste invitado especial. Nos tomamos fotos, nos mordimos, nos reímos, nos despedimos de la forma más lúdica de que fuimos capaces. Nos caímos bien, nos miramos abiertamente sin andar con hueás. Mientras yo iba muriendo, también me tijereteé todos los hilitos que se me quedaron amarrados de las otras veces cuando decidimos amarrarnos a tu eyaculación indecorosa, a mi destino paria en tu república, a mis ganas de salir corriendo a apretarte puntos negros y a recordarte el tiempo exacto y agerundiado que estás adentro mío . Nos sacamos una foto mental bien borrachos de ideas, como para que no se nos olvide los otros momentos, cuando los cuerpos se reconocen bailando y encajan lubricados.

El día de mi funeral, canté durante 18 minutos , sin hacer eco en la vocecita que me bardea cuando desafino o me equivoco. Se me iluminaron los ojos y  a pesar de no tener ni un peso en mis bolsillos, creí que era una persona tremendamente afortunada por elegir mi destino con toda la delicadeza que podría ser capaz. Feliz, básicamente.

El día de mi funeral me amé, me reí, lloré, me masturbé. Conseguí que nuevamente mi mirada tuviera ese gustito a merkén y no me diera verguenza bailar, coquetear, cantar y hacer las cosas que me gustan. Me volví a sentir libre, me sentí rica, me dieron ganas de conseguirme una cámara fotográfica para registrar ese momento de felicidad, mi cara y sobre todos mis dedos,  otra vez sintiéndome los reinos del universo. Me dieron ganas de que todo el tiempo me diera lo mismo todo, me dieron ganas que mis demostraciones de cariño fueran grandes, abiertas y constantes, sin un ápice de recelo ni el más mínimo cuestionamiento. Me salieron ideas como si se fuera a acabar el mundo y a lo mejor eso es lo que exactamente sucedió: se me acabó el mundo que tenía conocido hasta ahora.

Ese día, entre mi muerte y mi funeral, volví a sentirme iluminada y radiante, deseable, atractiva sobre todo para mí misma; volví a pensar en futuro, volví a no pensarlo tanto, volví a pensar sin pensar. La María se me murió en los brazos,  con una sonrisa en los labios como si hubiese amado a destajo, riendo a carcajadas, anotando papelitos de las ideas que se le venían a atochar la cabeza. La María se murió un día cualquiera, luego de una vida preguntándose hueás. La María se nos moría y todos estábamos tremendamente felices de ello.

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