Me gusta ella

Un día me puse a pensar qué era lo que me hacía volver una y otra vez a buscarla. Porque para qué andamos con cosas: Cada vez que decía que nunca más, cada vez que decía “Por fin se acabó todo” o que no estaba ni ahí, dale que otra vez estaba entre sus piernas musitándole lo que me encantaba, en su territorio no neutral, en su mundo desordenado, caótico, imposible en mi forma de ver las cosas.

Me gustaba eso de los vestidos. Porque tenía cierta manía. Una vez la vi tuitear que tenía decenas de ellos y lo podía notar cuando me iba a quedar a su casa, tirados por algún rincón, colgados en las paredes, en el tacho desbordado de la ropa sucia, en el closet. Colores, texturas. Me gustaba que le gustara mostrar las piernas, decidirse a delinear las formas de sus hombros y de sus caderas; jugar un cachipún en su memoria con el vientecito que se le colaba entre la ropa interior.

Me gustaba que tuviera un mundo independiente al mío. Que soñara indistintamente con quien, que no se me colgara al cuello para saber qué iba a hacer yo para dar el siguiente paso. A veces si, me asustaba eso mismo: no me necesitaba para ser feliz, pero amaba que fuera una elección. Y en esa elección nos encontrábamos, optando por sí o por no, todos los días. Nadie sabía que iba a pasar al día siguiente, todo era una apuesta de 24 horas.

También me gustaba eso que no le diera color por cosas que no hay que darle color. Que obviara la depilación minuciosa, que no fuera ni tan pulcra ni tan estricta. Me gustaba que no se matara porque algo no salió totalmente bien, que no se despidiera de los orgasmos como una meta, que disfrutara el trayecto, que todo no fuera perfecto. Le dije desde el día uno que a mí tampoco me interesaba y eso, probablemente era lo que me retenía: si nos mostrábamos tan imperfectos, no era necesario representar nada. Nos uníamos y encajábamos en ese halo de que nada podía salir mal, porque no esperábamos necesariamente el bien.

Me gustaba cuando estaba borracha y caliente o cuando estaba sobria y me miraba como si me fuera a asesinar sin mencionar una puta palabra, enojada torciendo la boca. Me gustaba cuando se acomodaba en el angulo que me quedaba entre mi brazo y mi pecho cuando la atraía haca mí, porque le costaba eso de la ternura fácil. Pero ahí se quedaba, cual gata ronroneándome en la oreja. Me gustaba también sus cicatrices largas y flacas, se me iban las manos cuando estaba la luz apagada y la reconocía como un mapa, donde navegaba entre llanos, ciénagas y cadenas montañosas.

Me gustaba cuando se reía, aunque le faltaban dientes, aunque se le arrugaba la cara, aunque se le escondían los ojos, aunque se le hacía la nariz más grande de lo que la tenía. Me gustaba porque le encantaba reirse y en eso se nos iban las madrugadas en su grupa, las mañanas en sus reflexiones impúdicas, las tardes en el chat mencionando un detalle insulso para captar mi atención escurridiza.

Igual me gustaban sus regalitos mamones, porque nunca esperé que me los diera. Porque pareciera que mientras más me esforzara por no merecerlos, ella había estado pensando en mí y le había dado 8 millones de vueltas para hacermelos llegar. Me gustaba cuando me escribía notitas adjuntas y cuando me decía que no lo había podido evitar ¡Cuánto amaba que me dijera que no lo había podido evitar!

A mí me encantaba desordenada, inquieta, trabajólica, imaginativa, nostálgica, insidiosa para hacernos bromas y seguir riendo. Me gustaba cuando se creía la Carrie Bradshaw de la hueá, aunque supiéramos que entre 4 paredes las cosas son bien distintas a su pará de seudo-feminazi;  me encantaba cuando aparecía con esos tacones que yo sabía que se los había puesto para que yo la viera, aunque me lo negara hasta la muerte. Me encantaba que bailáramos sin tanta gracia como le habría encantado luciéndose de pasos que yo a estas alturas no quiero aprender, riéndonos a carcajadas, sin que nos importara un carajo que era lo que pasaba a nuestro alrededor, como si fuéramos protagonistas de una escena de alguna súper producción turca.

Me gusta porque con ella lo paso bien y se me olvidan los bloqueos de la cabeza, las preguntas de los dedos, las ganas de salir arrancando. Me gusta porque cuando me escribe,sé que en algún momento estaré sonriendo. Me gusta porque siento que podría hacer cualquier cosa, en cualquier lugar del mundo.

Me gustaba ella, fíjate. O tal vez en presente. O tal vez en gerundio.

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