Choque de Iglesias: Ezzati versus Berríos, Aldunate y Puga

Ezzati, con su ropa perfectamente planchada y limpia, que dudo mucho que lo haga él mismo.

Tengo una imagen grabada de mis tiempos en la Iglesia, sobre todo en el equipo de servicio: En cualquier procesión o ceremonia importante siempre el mismo cuadro: Varios curas con su pulcras albas, muy planchadas ( muy probablemente jamás por ellos mismos), con sus estolas perfectamente desdobladas, obispos con sus solideos perfectos, en una columna que se formaba pocos minutos antes que empezara una eucaristía.

Y siempre  mucho más atrás, de una mochila o una bolsa plástica, más bien arrugada o el ruedo de un alba negrísima de tierra, pues a diferencia y en contraposición de esa imagen, habían caminado y acompañado a su comunidad por horas en alguna caminata o habían sido ellos mismos los que animaban y convocaban a sus feligreses, esos curas jipis, que andaban con chalas y calcetas de lana, que a veces demoraban porque se les acercaban señoras y niños a saludarlos con un afecto conmovedor, nada de esos saludos por compromiso. Mariano Puga o Aldunate, fácil de conocer por su atuendo, por sus actitudes, por su humildad al preguntarte por dónde debían pasar. Y en el caso de Berríos, era cosa de estar medio viendo la tele, para de repente ponerle oreja a algo muy chocante y pensar ¿Él es cura? ¿De verdad? Le va a llegar por decir esto…

Participé durante largos 13 años de mi niñez, adolescencia y juventud en un sin fin de instancias dentro de la Iglesia católica en la cual creí y aporté mucha energía, desde participar por años en liturgia, leyendo ante cientos y miles de personas, animadora de catequesis de niños ( ACN) , monitora de Confirmación, hasta Animadores de Navidad en la Calle de la VPU o el Equipo de Servicio de la VEJ, tanto que incluso, fui representante de mi Parroquia en la JMJ en Toronto Canadá en el 2002. De hecho, con bastante poca humildad podría decir que en ciertos círculos era bastante conocida por las actividades que realizaba, por los cursos de verano en el Conferre, en el Cristo o en el colegio Alberto Magno (Estos 2 últimos términos muy muy floridanos), por decir sólo de algunas cosas. Mi vida completa estaba bastante por no decir completamente unida y enlazada a mis actividades pastorales, hasta que un día, cuando estaba en el momento más horrible de mi vida, en la indefensión más profunda, se develó lo que siempre estuvo ahí y no había visto.

Me gané una beca de la Fundación la Llave, que implicaba beca de residencia y alimentación, 2 cosas en las que estaba fallando gravemente para continuar estudiando. Por las reglas de la institución, hay muchas cosas básicas que no pude llevar y que perdí, como mi cama por ejemplo y que recién pude hace no más de 2 años, volver a comprar. Y poco a poco y en breve tiempo, empecé a perder también el ánimo, el apetito, las ganas de vivir. Me exigían llegar antes de las 9 de la noche y dar cuenta de mis actos como si fuera una niña chica, cosa que ni cuando tenía 9 años y participaba en un millón de actividades eclesiales logré en mi propia casa o que tampoco me permitía trabajar, como lo hacía desde que tenía uso de razón y desde los 16 de manera “formal”. Empecé a sentir que todo lo que hacía estaba profundamente mal, el choque fue tan complejo, que un día exploté y terminé en la pieza donde vivía mi mamá, con un grado de angustia que no podía controlar. Envié un mensaje dando cuenta a las encargadas que me quedaría con ella y me dormí. Al día siguiente y sin mediar ninguna vez una pregunta para saber si yo estaba bien, fui expulsada de la fundación, por desacatar las instrucciones. La decisión estaba tomada, sin si quiera saber como yo estaba, en qué situación quedaba en ese caso, nada.

De golpe, me dí cuenta que cuando yo los necesitara de verdad, importaban más sus reglas a lo que me pasara, siendo mi destino un detalle que había que borrar y olvidar rápido, ojalá, hacer como que nunca había existido. Importaban más las ceremonias, las albas perfectas, las instituciones de ricos para pobres que aliviaban sus sentimientos culposos, que lo que yo misma había vivido todos esos años en primera persona. Para ubicarme para hacer una entrevista para la televisión porque hablaba de corrido, para una cuña para un nuevo proyecto, para estar a cargo de un grupo que diera prensa, sí era fácil ubicarme. Pero para contestar mis mails y saber qué había pasado conmigo, si yo estaba en la calle ( como prácticamente lo estaba), en condiciones deplorables, teniendo que vérmelas con drogadictos, robos, abusos, etcétera daba lo mismo. Y con un sinismo a prueba de cualquier cosa, cuando me vieran en esas mismas ceremonias los meses y años siguientes, me saludarían como si nada (Si, Andrés Moro, te pasaste) si me encontraran por ahí o me putearían por mail años después , como Francisca Palacios la actual asistente social de la (cáchate el nombre) Pastoral Social en Educación, por ser tan malagradecida.

No me extraña lo que pasa con estos curas. No me extraña que a la Iglesia chilena les moleste que ellos estén haciendo su pega, probablemente lo más cercano a lo que sí deberían hacer. Es más bonito ser capellán de instituciones con gente de elevados estándares sociales, económicos y académicos para prepararlos a que vayan un par de veces donde unos pobres a darles cosas, que andar ensuciando albas estando donde el que más lo necesita pudiese requerirlo un día cualquiera. Es más normal que estén en actividades y congresos que congregan autoridades y prensa, que estando al lado de las personas en cosas más simples e importantes.

Se me viene la imagen prepotente o las preguntas idiotas de cada una de las personas que me hacen recordar a esa Iglesia católica que desprecio y ojo, desde el conocimiento de su organización, de sus ceremonias y creencias muy desde adentro, sabiendo de que hablo porque pucha que me viví todo ese tiempo. Y se me viene la imagen también de esos curitas jipis,  humildes y sencillos al hablar, que venían cantando con sus comunidades en una micro, con su alba arrugada y sucia. Y entiendo perfectamente, que a esa otra Iglesia le moleste. Le molestó con el Padre Hurtado, con Jarlán, con Dubois, con Juan Meyer. Le molestó con los curas que trabajaban de camioneros para rescatar prostitutas. Le molestó con las monjas que bailaban samba y que nos hacían ver que la religión no era estar rezando todo el día. ¡Cómo no les va a molestar si va contra sus intereses!

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