6 desvaríos de lunes de madrugada

 

Primero, Luciano.

Cuando se sentía así, le hablaba a Luciano. Y corría Irarrázabal abajo, en lo que encontrara, para llegar cuánto antes. Y siempre la terminaba esperando en el dintel con una sonrisa abierta, un abrazo poco rectangular, sin un mísero reclamo. Tal vez una ceja un poco levantada, pero con esa mirada aprobatoria del “otra vez y está bien porque me encanta que te desdigas”.

Siempre se sentía a salvo entre sus ventanas fetiche, entre su blancura intranquila, entre su bulla opacada. Con el modem parpadeando, como espantacucos, con la luz entrando a contramano.

Segundo: Los demás.

El protagonista siempre es Negrito, el que quisiéramos que fuera. El que vive en el sur, el que enchueca la boca, el que baila mal y no le importa, el que corta leña como si nada. Blanquito, el antagonista, el tormento, lo que no. Descarado, intolerante, insurrecto, chistoso,entregado a sus matices noctámbulos y pasadizos por la decadencia sin ni un respeto. Y ahí están, ambos, durmiendo.

Tercero: El camino.

Siempre lo mismo. Oriente-Poniente, Sur a norte.

Siempre la misma carrera frenética, siempre el mismo matiz. Siempre la misma forma de correr, siempre la misma forma de despedirse, siempre la misma forma en la de volver a encontrarse, siempre el mismo tormento. Siempre el mismo amanecer, siempre el mismo ruidito, siempre el mismo abrazo, siempre el mismo baño, siempre la misma luz. Siempre el mismo sueño. Siempre la misma espera en lo que pudiera ser el próximo tiempo. Siempre amarrar la bicicleta en la misma baranda, siempre la misma subida, siempre la misma bajada. Siempre lo mismo, siempre.

Cuarto: 

Volvemos a Luciano. Reclama su tiempo, su espacio de tiempo, su espacio en la historia. Luciano levanta los brazos, dice que queda menos, agenda. Mira, pero mira distinto, como escudriñando en qué parte de esa esquina podría poner otra ventana, una de sus ventanas fetiche, otra más. Porque le encantan las ventanas, le agradan y ama en demasía la luz que entra por los ventanales cuando no hay nadie y el viento pareciera bailarse una salsa en su interior, pero así como de la All Stars, qué sé yo. Luciano me indica una maleta, me dice que ya tiene listo todo, que él ya pensó y re pensó.

Quinto: Ratita

Hemos sacrificado lo mejor de esta tarde, para honrar a la virgen de todas las ratas. Uy, nauseabundas y expertas en escaparse, les gusta la soledad. Se revuelca, se va reventando de a poquito y deja en el camino sus pústulas reventadas. ¡ Ay qué sensual es su latido moribundo! La rata se desespera a veces con los pequeños ruiditos que hay en el espacio inmediatamente al lado de su oreja ¿Hay alguien ahí acaso?

Sexto: Desalmados.

-Los lamentos son para desalmados-le dijo, tomando el jugo de naranja, saboreando las celditas que aparecían en su lengua entre el revolver de su bombilla ¿Really? ¿Acaso nunca has tenido ninguno? Lo que pasa es que lamentarse y quedarse en la cuneta, arrodillado, despreciando a la suerte es para débiles y yo no lo soy.

Se despidió levantando la mano, se persignó, rezó una oración a la virgencita negra mientras pasaba por afuera, esa, esa la de los ladrones y miró a su próxima víctima, una rubia no natural, que atravesaba Recoleta con su bolso no original. blanco.

 

 

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