Sueño de sábado por la mañana

Llegamos a una tocata. Era en un lugar que no reconozco, era en una especie como de Iglesia evangélica. Llegamos tarde y nos sentamos al final. Y desde el primer momento, pensé que podías estar ahí, pero también en el mismo momento te ví. Te ví, porque también-y como pensé en el sueño también- es tan fácil reconocerte entre la multitud, entre las multitudes.

Y salíamos casi al mismo tiempo y nos veíamos, como nos habíamos visto desde el principio. La diferencia era que nos saludábamos como si nada. Y desde el hola nos reíamos, a carcajadas, como cuando recién nos conocíamos. Y nos reíamos de nosotros, de lo absurdo, de lo ridículo, nos reíamos de la gente, nos acordábamos de nuestras más chistosas verdades. Nos sonreíamos con el brillito en los ojos ese, de que no pasa nada, que está todo bien. Nos reíamos sin ni un dejo de todos estos años de jugo. Nos reíamos, arrugando, como tú y yo lo hacemos al reírnos, con la boca abierta, con mil ochocientos pliegues en la cara. Nos reíamos y nos despedíamos después de un rato, como si siempre nos hubiésemos caído tan bien.
Cuando desperté, quise contártelo y decirte “Ya, ya fue ¡Caguémonos de la risa como en el sueño!. Pero tú sabes, las leyes del hielo, leyes del hielo son.

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