Algunas elucubraciones diurnas

La ausencia de café de grano ha provocado un incendio en mi cabeza, con niveles aberrantes de infamias. Luego de recordar una de esas tantas conversaciones, logro dominar algo del meollo de esta situación: lo que quiero y necesito en mi vida.

A eso, se agregan ciertas circunstancias ampliamente descritas pero que al llegar a tono, se vuelven sensibles,  y casi cartuchas ¿A dónde va la experimentación de lo mismo que evaluamos?. Retengo un par de datos ( siempre me pasa lo mismo con las historias previas al punto de partida) y logro enmendar sólo a base de chispazos. Nada de lo contado previamente tiene validez en este caso, ningún dato que debiera saber lo retuve, básicamente por una negación propia de la aceptación de otras cosas como que estoy aquí escribiendo porque algún ruido me hace ¿Me entiendes?

No puedo evitar retener eso de que todo tiene consecuencias y necesito de una u otra manera quedarme- cual rata que da vueltas en una rueda- con la frase de que todos provocamos algo en otros. Ahora la resulta es recurrente y se destapa, sin aviso, evitando el largo y tedioso camino de las preguntas. Largo y tedioso léanse como el pánico de la ausencia, quedarse con un pequeño olorcito que sabes que acabará en algunos días otra vez,  como el terror de golpearse en las rodillas y sangrar llena de costras que no se han recuperado totalmente. Lo siento, eso es lo más sincero que puedo escribir, junto con decir que se me han muerto las ganas de buscar y de callarme. Así es la cosa, lo siento mucho.

Como dirían los expertos, en el fondo te encanta (volvemos a hablar en tercera persona por hablar de mi misma, lo sabes), te encanta eso de enumerar las cosas que sí y las cosas que no, te encanta quedarte sin más trabajo que dejarte un poquito querer, te encanta que haya un poste de luz afirmando tu descanso en la vereda, en la noche para luego cambiar en algo los papeles y ser tu misma el poste, ahi, para cuando lo fuera a necesitar. Pero no lo vas a asumir porque estás muerta de miedo a quedarte mirando las costras en el piso y la sangre cayendo por tus rodillas.

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