Primeras noches

Y ese día llegué a su casa en La Boca, sin saber muy bien por qué. Me salí del paradero que me llevaría a la biblioteca para buscar un poco de internet y me di vuelta y decidí preguntar. Y un italiano balbuceó y llamó a José Juan. Y lo primero que me dijo después de hacerme pasar  y me repitió una y otra vez fue “No te castigues”.

 Me invitó a tomar un vaso de leche y me sonrió harto mirándome a los ojos, todo el tiempo. Dulce, amable, acogedor, sin preguntarme nada suficientemente hiriente, sin replicarme si había hecho lo correcto.  Me pasó 50 pesos para que comiera al menos un par de días. Pero lo que me dijo es que no hiciera nada por castigarme, que le prometiera que no me iba a castigar. Que no me iba a exponer por castigarme a mis propios errores. Y las lágrimas rodaban y rodaban.

Buenos Aires sin amigos es una hueá demasiado terrible para vivir con los pies ensangrentados, para estar sin plata, para ser mujer, para andar con una mochila al hombro, cansada de noche, en otoño, sin tener a quién mierda llamar, a millones de kilómetros de alguna voz conocida que te evitara pedir ayuda.

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