De sur

Era del sur, tenía cara de sur e impronta de sur. No se andaba quejando por lluvias menores ni por andar cargando bicicletas, árboles ni escritorios y le daba lo mismo si había viento, porque incluso se sacaba su chaqueta pa abrigarme del frío y se quedaba así, con su polera polo con gusto a nada, medio tiritando, pero no lo iba a asumir jamás. No po, porque él era el árbol que no se movía con la ventolera.

Al Negro le chapoteaban las botas bailando a des-tiempo, pero le daba lo mismo y eso, esa hueá justamente era la que me encantaba: que le diera lo mismo.

Después nos hacíamos unos mates junto a la salamandra, mientras salía el pan calientito, con ese vaho que le empañaba los vidrios. De ahi corríamos la salamandra pa quedarnos haciendo cucharita, capeando el frío mientras conversábamos de cosas que no tenían importancia o de las cosas que no hicimos la otra vez cuando nos despedimos, como todas esas veces que nos despedimos.

Me gusta tu sur, Negro, me encanta tu sur ¿Cuántas veces más te lo puedo repetir?

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