de la Brava

Él aplaudía coqueto y yo movía el pañuelo rozándolo en mi cara, moviendo las caderas al compás. La primera vuelta me quedaba quieta para que él pasara por mi cuello su bigote. La segunda él se acercaba y me miraba fijo. En el zapateo yo le quitaba el pañuelo a mordiscos. La Carolina observaba de lejos no más, apludiendo sentada, haciéndose la muy simpática. Yo no estaba ni ahí con ella, pa mí que hoy se podía decidir la cuestión. A punta de zapateos bravos, aplusos eufóricos y roces escandalosos nos domesticaríamos con o sin público.

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