El contrabajo 2


Contrabajo 2

Todo comenzó por el asunto del contrabajo. Era tan complicado acarrear ese pedazo de madera que en realidad siempre nos devuelven la plata del boleto del metro en hora peak, y nos dicen que busquemos otros medios, porque ocupamos mucho espacio. El trombón, el saxo, los platillos son cosas menores que a la larga se pueden acomodar en varios lugares más, si el atado era el guitarrón ese.

Parece que a las chicas les gusta esto de que yo sea músico. O al menos considerarán que es como un fetiche esto de los instrumentos, se imaginarán cosas, qué sé yo. Un día una minita se me acercó en una tocata y me dijo que si “yo podía tratar de afinarla”…Qué onda…pero en fin.

Mi ex polola, en un arranque de amor dócil y amable, con labores del hogar incluidas, me había hecho un estuche provisorio para mi contrabajo, por mientras que las obras de teatro, las clases de percusión y otro pitutillo me alcanzara para comprar algo un poco más ad-hoc. Pero este estuche, tenía la particularidad de llevar, bordado mi teléfono, en toda esa onda de esta lola de las relaciones públicas, la difusión, la imagen y todo eso. Me decía que como sabía yo, que cualquier día alguien me escuchaba, y se interesaba en mi trabajo, y por no andar con tarjetas o algo en que anotar, iba a perder una gran oportunidad. Por eso con una paciencia oriental, y con muchos colores bordó número a número, y otras tantas figuritas más, dándole a mi style un aspecto singular

Resulta que con la Pao, mi amiga que tocaba trombón, nos estábamos subiendo en la estación San José, porque de haber esperado subirnos en Arturo Prat, habríamos perdido media tarde en tratar de abordar el tren. Cuando íbamos entrando me di cuenta que estaba este gallo, el secretario del asistente de no me acuerdo bien, el cuento es que este tipo era el encargado de recepcionar los proyectos para ese concurso de fondos, en el que nosotros éramos parte. Habíamos conversado un par de veces, comentado de los montajes y de una que otra actividad de las que se realizaban allá abajo donde yo había participado de más chico.

Estaba tratando de acomodarme y de mirarlo para ver si me saludaba, si se acordaba de mí cuando él mismo fue el que se acercó preguntándome por si había inscrito bien a mi compañía. Le dije que suponía que sí, que o sino me lo habrían devuelto por inadmisible. Entre eso, vi con vergüenza que mi número, todo colorinche, estaba escrito en la funda del pedazo de madera este y que por alrededor habían florcitas y “epítetos cariñosos” como “infame”, “déspota”,” infernal”, “huachumingo barato” y otros que incluso me avergüenza comentar. Mientras hablábamos, mi interlocutor comenzó a darse cuenta de que en ese pedazo de tela dorada había algo más que dibujitos, y se empezó a ladear, tratando de identificar las “divertidas (para otros) frases” que mi ex noviecita había decidido darse la lata de dibujar, bordar coser, sabiendo mi carácter algo retraído.

Este gallo empezó a reír, de tal forma, que todo el vagón comenzó a darse vuelta, para saber quién osaba reír de esa manera si la vida era tan triste a las 18:30 horas de un día lunes, con toda una semana por delante de apretujamientos, de trabajo, de una vida cara, sin cebollas, sin 18 con olor a empaná barata.Mi amiga, la Pao, malita pa´ agarrar papa, empezó a tentarse de la risa, tanto que empezó a ahogarse casi, con esa serie de gemidos-suspiros-llanto que los suceden.

El secretario-asistente-de-no-sé-quien, cuando pudo controlar por unos instantes su risa avergonzadora, me preguntó que quién había tenido la genialidad de haber, con paciencia y harta creatividad, bordado todo eso.
Le comenté de quien venía( con un recordatorio mental de toda su familia materna…cómo se le ocurría a esta otra!)y le dije que en realidad, sí era bastante creativa, que pertenecía a la compañía que postulabamos a los fondos concursables, con una risa forzada y una ironía propia de cuando me picaba por algo.Al hombrecillo aquel parece que se le prendió la ampolleta. Me habló de proyección, de visión, de capital semilla y de qué eso era lo que buscaban. Anotó mi número ( no sin antes cagarse de la risa otra vez) y me dijo que lo diera por hecho. Habíamos, automáticamente, a raíz de la funda charcha de mi contrabajo, ganado el proyecto.

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